3/7/26

VACACIONES DE LAS VACACIONES

No suelo ser de las que se quejan públicamente sobre la crianza o la maternidad. De hecho, durante mucho tiempo me ha resultado bastante desagradable leer a ciertos grupos de madres instaladas en una queja constante sobre aspectos que, en teoría, forman parte de lo natural. Sin embargo, hoy rescato esta viñeta porque, además de gustarme especialmente, me sirve para poner sobre la mesa algo que creo que no se dice lo suficiente: la imagen que se proyecta de la crianza dista bastante de lo que realmente es.

Y esa distancia se vuelve aún más evidente cuando hablas desde una familia monoparental. Por mucho que te lo expliquen, por muchas historias que escuches, la realidad siempre termina superando cualquier expectativa previa. No hay relato que prepare del todo para lo que implica sostenerlo todo en solitario. Porque sí, criar es un trabajo inmenso, constante, absorbente, y a veces incluso desbordante.

Sé que muchas de las personas que leéis esto ya tenéis hijos, así que no descubro nada nuevo. Pero mi reflexión nace de algo que me lleva rondando un tiempo: últimamente veo a muchas figuras públicas afirmar que se sienten como madres en solitario, cuando en realidad parten de contextos profundamente privilegiados y cuentan con recursos económicos que marcan una diferencia abismal. Y no, no se trata de invalidar emociones, sino de no desdibujar lo que realmente significa criar sin red.

Si algo he aprendido a lo largo de estos nueve años como madre es que la carga mental que recae sobre las mujeres no tiene límites claros: se expande, se filtra en todo, lo ocupa todo. Y esto, además, desde una posición que, objetivamente, forma parte de la cultura occidental, con todo lo que ello implica en términos de acceso a recursos y derechos. No estoy hablando de contextos extremos ni de realidades que solemos etiquetar como “tercer mundo”, y aun así la exigencia ya resulta abrumadora. Prefiero no imaginar siquiera hasta dónde llegaría en otras circunstancias.

Quizá por eso me llama tanto la atención observar cómo personas que viven en situaciones privilegiadas —que han elegido ser madres y cuentan con medios suficientes— articulan su discurso desde una queja constante. No se trata de negar el derecho a expresar el malestar; faltaría más. Pero sí me resulta revelador el lugar desde el que se emite ese discurso. No suele venir de quienes atraviesan condiciones verdaderamente adversas, sino de entornos visibles, con cierto estatus, donde existen apoyos, redes y recursos que, en la práctica, amortiguan gran parte del impacto.

Para mí, además, hay una distinción clave que rara vez se nombra con la claridad necesaria: no es lo mismo maternidad que crianza. La maternidad puede vivirse como algo profundamente hermoso, incluso transformador. La crianza, en cambio, es un territorio mucho más complejo, lleno de contradicciones, exigencias y decisiones constantes. Y a todo esto se suman problemas que hemos normalizado bajo la etiqueta de “primer mundo”, pero que apenas cuestionamos: la omnipresencia de las pantallas, la violencia simbólica que consumimos casi sin darnos cuenta, la velocidad con la que ocurre todo. Elementos que, lejos de facilitar, añaden nuevas capas de dificultad a una tarea que ya de por sí es exigente.

 En el fondo, lo que quiero decir con todo esto es bastante sencillo: quizá nos vendría bien revisar desde dónde nos quejamos. Porque, aunque a veces lo olvidemos, muchas de nosotras vivimos en contextos profundamente privilegiados, con derechos y recursos que, sin ser perfectos, siguen siendo excepcionales en comparación con gran parte del mundo.

No se trata de invalidar el cansancio ni de negar que haya aspectos que mejorar ,siempre los hay, y es legítimo reivindicarlos, sino de hacerlo con cierta conciencia y perspectiva. De no caer en el discurso de la soledad absoluta cuando, en realidad, existen apoyos, opciones y redes que, aunque imperfectas, están ahí.

Tal vez la clave esté en elegir bien dónde ponemos la energía: qué merece realmente nuestra queja, nuestra voz, nuestra lucha. Porque no todo pesa lo mismo, y no todo requiere la misma urgencia.

Y con esa reflexión, dejo por aquí esta viñeta para el fin de semana.




25/6/26


¡El blog ha muerto! ¡Viva el blog!

...Y esto lo pienso continuamente.

En un mundo en el que todo es inmediato, pedirle a la gente que destine tres minutos de su tiempo a leer lo que tengo que decir es pedir mucho. Sí, lo sé, pero me niego a pensar que hemos llegado a esto.

No he tirado a la basura todo lo escrito desde 2008; solo lo he guardado.

He cambiado la cabecera. He ordenado las ideas y he vuelto a ponerme las pilas con el CSS de turno y el HTML que tantas horas me ha hecho gastar detrás de la pantalla. Tengo que trabajar en un nuevo portfolio, mandarlo, moverlo... Decir que "estoy aquí", más allá de mi cuenta de Instagram.

...Y sí, todo eso es lo que debo hacer, pero no voy a poder. Porque entre todas las cosas que soy, también soy madre y trabajadora, y no tengo tiempo infinito para todo esto. Pero puedo intentarlo.

Antes, mucho antes de que probablemente te lo plantearas, el tema de los seguidores funcionaba de otra manera. Elegías Blogger o WordPress y de ahí sabías qué tipo de seguidores ibas a tener. Yo elegí Blogger y no me fue mal: me enviaban campañas, productos y la verdad es que disfrutaba, pero el tiempo no me daba.

Quedan pocos blogs vivos de aquel entonces. Casi todas las personas que estaban detrás se han ido a Instagram y TikTok, pero me niego a dar esto por cerrado de manera definitiva.

Así que ahora toca probarte: mirar si solo te gusta mirar fotos o si eres capaz de llegar hasta esta línea sin hacer scroll, sin buscar más imágenes.

Entonces... dicho todo esto, siempre es un buen momento para empezar de cero.